El opio de la posmodernidad
Opinió | 10 de novembre de 2017

JORDI CASTILLEJO, Podem Rubí
El otro día, caminando por la tortuosa calle General Castaños, una señora sentada en un muro de cemento me ofrecía un panfleto para que me lo mirara en casa. Era sobre la palabra de Jesús, y donde había respuestas a aquellas preguntas que los agnósticos, como yo, intentamos formular para hacer dudar a los creyentes.

Después escuchaba en la radio un spot publicitario sobre la iglesia diocesana intentado conseguir fondos para vete tú a saber qué, la verdad es que no estaba atento, y hablando también de la palabra de Jesús.
Mientras tanto iba pensando en que tengo muy pocos amigos cercanos creyentes, perdónenme aquellos que lo sean y me estén leyendo.

Quizás Nietzsche tenía razón en que Dios había muerto, en que lo hemos matado, y ahora campamos a nuestras anchas. Toca rebelarse contra los marcos impuestos, ser libre e independiente frente a las masas, decía. Pobre diablo. No hay nada que dé más pavor a los hombres y mujeres que la libertad.

Quizás Dios esté muerto, pero la necesidad de pertenencia, dado por ese pavor a la duda sobre si se actúa bien o mal, no ha muerto. Por mucho que propongas ir “más allá del bien y del mal” las realidades dicotómicas son más fáciles de vender, puesto que lo otro implica un cierto tiempo de reflexión.

Estos días vivimos momentos complicados, la mayoría se ha refugiado en tener confianza en sus dirigentes políticos preferidos. No tienen motivos para dudar, dicen. Como si hubiera que tener motivos para dudar, digo.

¿Hemos convertido la política en una religión, en la que los mesías son los medios de comunicación y los dirigentes que hablan en estos? Freire criticaba que “la acción sin reflexión es activismo”. Y es que no hay diálogo, hay comunicados para intentar guiarnos hacia lo correcto, de lo que no puede dudarse, porque no hay tiempo para dudas (por cierto, deberíamos hacer autocrítica sobre la gran victoria del neoliberalismo en lo que refiere a la falta de tiempo).

Quizás el problema esté en que siempre hemos necesitado una religión, un relato que nos explique qué está bien y qué no. Una Biblia o un Corán. Quizás después de criticar tanto al religioso, no nos hayamos dado cuenta que entre todos hemos creado una agrupación de dogmas que los más cándidos llaman ‘lealtad al partido’.

Siempre he defendido que el fútbol era el opio del pueblo moderno. Quizás el partidismo sea el opio de la posmodernidad.
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